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TRIBUTO A JOHN CAGE CON PRISMAS DE SAMUEL BECKETT

Darío Rodríguez, redacta esta semana para “Elmalpensante” de Colombia, un Tributo a Jhon Cage, y parte su escrito con la pregunta, ¿Es posible un concierto en silencio? ¿Una puesta en escena de nada? Un teólogo reflexiona sobre los supuestos vacíos y ausencias en las obras del músico norteamericano y el dramaturgo irlandés. Un tras bambalinas ensordecedor acompañado de las pinturas de uno y los mamarrachos del otro.

¿Te has fijado en los semblantes de contrabajistas y violinistas cuando dejan de tocar sus instrumentos para darles paso a las trompetas o al piano? ¿Alcanzas a notar cierto cansancio, alguna tristeza en sus cabezas ladeadas, o por el contrario notas que sus rictus solemnes no son sino disimulo? Con idéntica languidez sacuden los hombros y enderezan la postura del cuerpo entero, justo antes de empuñar los arcos y de afirmar los instrumentos –contra la mejilla o el tronco– dispuestos a hacerlos sonar de nuevo.

Ese silencio de unos mientras se oyen armonías de otros es el más pleno de todos. Similar al del aficionado que intenta observar sin hacer comentarios un encuentro futbolístico, confundido entre una multitud vociferante. El silencio que solo pueden brindar los dedos inquietos del maestro de ceremonias, en apariencia, calmado; el de la cantante de swing que observa, arrobada, a su pianista invitado durante la ejecución de un solo.

¿Recuerdas tus visitas al hospital psiquiátrico fundado en las afueras de la ciudad?

Solías presentar filmes a los internos tranquilos. Un día les llevaste la versión de Esperando a Godot realizada por la bbc, al parecer en medio de un desolado desierto, quizá como un acto de reconocimiento de la más precisa voluntad del autor. Una pieza para ver en vivo, que había sido filmada. Y la estabas exhibiendo ante el público adecuado: un conjunto de personajes que hubiera podido no solo interpretar, sino vivir las situaciones de cualquier obra escrita por Beckett.

Por más que intentaste no hubo forma de ponerle subtítulos en español a la pantalla. Una enfermera ansiosa manipulaba los botones del reproductor de video. Entre tanto, uno de los enfermos mentales miraba –sería mejor decir que estudiaba– los cables negros enchufados a las tomas de la pared blanca, sin tocarlos. Pacientes, enfermera, cierto médico que llegó después, y tú, todos se vieron obligados a observar la grabación de dos horas sin entender ni media palabra proferida por los actores. Algunos espectadores terminaron por quedarse dormidos…

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